“Se ve bien que un trabajador haga huelga, pero no que una cuidadora deje de cuidar a un anciano para manifestarse”

Entrevista a Yayo Herrero, ecofeminista y co-coordinadora de Ecologistas en Acción

Text de Joana G. Grenzner de Pikara Magazine

“Somos seres ecodependientes e interdependientes. La vida humana está instalada en los  ímites, y pretender crear mundos que crezcan ilimitadamente es declarar la guerra a los cuerpos y a los territorios”. En la apertura del encuentro Por una vida vivible en un mundo limitado. Resistencias y Sinergias feministas, ecofeministas y ecologistas, Yayo Herrero reivindicó el ecofeminismo anticapitalista como fórmula para superar la crisis económica, ecológica y de cuidados de la vida. Según Herrero, co-coordinadora de Ecologistas en Acción, “decrecer en la estructura material económica no es una opción”. La cuestión es “si lo hacemos por la vía del ecofascismo o del reparto de recursos, con políticas de territorio y economías comprometidas con la vida, la proximidad y las energías solares, cercanas y que cierren círculos”, y políticas del tiempo que, además del empleo, reorganicen “el trabajo voluntario, doméstico, reproductivo y de cuidados”. Además, aclaró, “no es cierto que no haya alternativas. Lo que falta es poder político para forzar los cambios”.

“El patriarcado acapara energía y tiempo de trabajo material y afectivo que no devuelve: la deuda de cuidados que el conjunto de los hombres y el sistema patriarcal han adquirido con las mujeres por la interdependencia en la relación humana y social”.

En las jornadas feministas de Granada en 2009 relacionaste la deuda ecológica que la especie humana tiene con los ecosistemas naturales y la deuda del cuidado, contraída con millones de mujeres cuyo trabajo sostiene la vida humana. ¿Puedes explicar este vínculo?

El sistema económico capitalista se ha construido ignorando e invisibilizando usurpaciones determinantes: la de lo ecológico y el acaparamiento del trabajo y el tiempo de las personas que cuidan la vida humana y los cuerpos vulnerables, en su mayoría mujeres. Los países ricos o enriquecidos dependen de las materias primas, los recursos y los servicios naturales de los empobrecidos, excedentarios en estos recursos.

Esto ha generado lo que Joan Martínez Alier denomina la deuda ecológica que los países enriquecidos contraen con los empobrecidos por el desigual uso y responsabilidad del deterioro y el acaparamiento de recursos y sumideros naturales, energía y servicios ambientales.

Su unidad de medida es la huella ecológica, un indicador de la economía ecológica que se expresa en hectáreas y que mide la cantidad de tierra que una persona, una ciudad o un país necesitan para sostener su estilo de vida. Por ejemplo, si extendemos el modelo de producción, distribución y consumo del Estado español al resto de la Tierra, harían falta más de tres planetas para asumirlo.

Pero los grupos humanos no sólo se sostienen gracias al trabajo de la naturaleza, y la vida humana no es en solitario: requiere de personas que se hagan cargo de los cuerpos vulnerables, y en las sociedades patriarcales lo hacen las mujeres. No existe un indicador que lo exprese en números, pero podemos establecer una metáfora: la huella de cuidados sería la cantidad de tiempo, trabajo, energía (no sólo física sino también psicológica y emocional) que se consume para hacer este trabajo. Los hombres consumen una ingente cantidad de trabajo de cuidado en relación a lo que aportan.

Así, el patriarcado acapara energía y tiempo de trabajo material y afectivo que no devuelve. Ésta es la deuda de cuidados que el conjunto de los hombres y el sistema patriarcal han adquirido con las mujeres por la interdependencia en la relación humana y social.

Dices que las crisis de sostenibilidad ambiental y del trabajo de cuidados se están resolviendo mediante fórmulas autoritarias: en el primer caso, con la extensión del ecofascismo, y en el segundo con un control y la persecución de las mujeres similar a las que se dieron durante el período en que se fraguó el capitalismo. ¿Qué futuro nos espera?

El capitalismo se basa en la tendencia a hacer crecer el dinero, que es sólo es un valor ficticio que expresa la deuda: es decir, tener mil euros expresa que la sociedad tiene una deuda contigo de mil euros. El capitalismo lo hace crecer de forma ficticia porque es una mercancía en sí mismo, no está anclado a un valor físico como lo estuvo en su día con el patrón oro o el patrón dólar. Ahora mismo hay propuestas para anclar el dinero en la cesta de materias primas.

“Haría falta más de tres planetas para extender el modelo de producción, distribución y consumo energético del Estado español al resto de la Tierra. Hay que reconceptualizar. Sino el sistema será irreconvertible, porque ¡hasta para pasar a un sistema de energías renovables necesitamos usar las fósiles!”

El dinero sirve para que las empresas transnacionales y los poderes capitalistas tengan capacidad de compra excesiva. Así, cuando explota una burbuja y cae todo el sistema de deuda que fundamenta el sistema, el resto de dinero desaparece, se volatiliza y se pierde. Por ejemplo, si las acciones de Repsol valen diez y caen a dos, el valor de cotización perdido no existe. Por eso se tiene que iniciar un proceso de acumulación de capital que permita iniciar uno de expansión. ¿Cómo se produce ahora el proceso de acumulación? Con dinámicas parecidas a la acumulación originaria: cercamientos y apropiación de los comunes, no tanto de la tierra, porque ahora vivimos en sociedades urbanas, sino los relacionados con los servicios de protección pública solidaria: el desempleo, la sanidad y educación públicas, la atención a la dependencia, el conocimiento libre… Si en el período de la acumulación originaria se produjo un movimiento de proletarización del campesinado, ahora se da de forma que millones de personas se quedan sin casa ni empleo: una nueva exclusión que les reduce a residuos humanos dispuestos a trabajar en cualquier condición, a reserva humana al servicio del sistema. Pero estos seres no son pasivos: estamos en un momento embrionario de construir un movimiento de contestación.

Por otro lado, y como ha recuperado la historia feminista, el capitalismo se aprovechó de las mujeres como gestoras del bienestar cotidiano y cuidadoras de los cuerpos vulnerables atacando a sus condiciones de vida, invisibilizando el mundo privado y separándolo del público, ocultando así que el espacio doméstico es básico para la supervivencia. Ahora vuelve a darse un intento de encerrar a las mujeres en el hogar para que estados, mercados y hombres no se corresponsabilicen del mantenimiento de la vida humana. Esto se ve, por una parte, en cierto discurso de exaltación de la maternidad, en el ataque de sectores conservadores a las mujeres que se niegan a asumirlo y lo denuncian, al feminismo; por otra parte, socialmente, debido a la labor intoxicadora de corrientes ideológicas que equiparan el feminismo y el machismo.

¿Qué diferencia esta nueva fase de acumulación de capital tras el colapso financiero? La crisis ecológica, entendida como la superación y el desbordamiento de los límites del planeta: el agotamiento de la energía fósil y la alteración de la dinámica y el equilibrio natural al que está adaptada nuestra especie, que le ha permitido vivir cómodamente en el planeta durante millones de años y que pone en riesgo nuestra supervivencia. Immanuel Wallerstein dice que esta crisis es igual que otras pero al topar con los límites del planeta no se podrá superar con expansión. El final del capitalismo hará que las fases de recuperación y recesión cada vez sean más rápidas y cada vez habrá más gente fuera del sistema. Que podamos estar asistiendo al final del capitalismo global no quiere decir que lo de después sea mejor: sólo lo será si acertamos a construirlo. Si no, triunfará el ecofascismo, un modelo en que cada vez menos controlan más recursos por su poder económico, político y militar.

¿Esto podría desembocar en una dictadura ambiental del 1%, como sugirió Cristina Carrasco en Granada? Sí. Por eso no basta con hablar de ecología, sino de ecologismo social. Podemos adaptarnos al cambio a base de que tres consuman todos los recursos, pero la única manera de ir hacia un sistema justo y adaptarse es sumar un gran movimiento que ponga freno a la voracidad de unos pocos.

¿Cómo podemos construir un movimiento que conjugue, por ejemplo, la defensa de derechos del sector de la minería extractiva afectada por la reconversión con un modelo energético sostenible, y reclame mejores condiciones en el trabajo asalariado afrontando también la crisis del trabajo de cuidados no remunerado?

Como integrante del movimiento ecologista tengo que hacer autocrítica porque éste no ha tenido una reflexión sobre los procesos de transición justa en los sectores que tienen que acabarse. El movimiento sindical, por su parte, debe hacer una reflexión amplia para extender la defensa de las condiciones laborales de sus afiliados al resto de la población, porque, según cómo, pueden favorecer aún más la precariedad de la gente. En el caso de los mineros, su movilización demostró que el miedo es una de las fuerzas que ayuda a contener a la gente, y planteó lo que se puede llegar a hacer cuando no se tiene miedo. [Pero] hay contradicciones importantes: la huelga, que siempre ha sido un instrumento que pretende obstaculizar la producción para que el patrón deje de obtener plusvalía con el sudor de los trabajadores, ésta vez reclamaba dinero público para poner en la producción y sostener una actividad que es dañina para las personas que trabajan en ella y para el conjunto de la población. Esto es una perversión de la lucha obrera, que ante el capital siempre ha cuestionado y reclamado la propiedad de los medios de productor.

“Para ir hacia un sistema justo hay que sumar un gran movimiento de contestación que ponga freno a la voracidad de unos pocos. Estamos en un momento embrionario de construirlo. El modelo de empleo remunerado no se soluciona desde ahí dentro sino con un cambio total en el modelo social, económico, político y de relaciones.”

Por otro lado, la inversión de recursos para el proceso de transición y reconversión de las cuencas mineras desde los ochenta es discutible. La discusión en torno al tema del carbón a veces se centra en que o se consume el de las cuencas mineras, que es poca cantidad respecto a lo que se necesita en total, o el de China, extraído en malas condiciones. Si ése es el problema, ¡ponte en los puertos e impide que se descargue el carbón de fuera! Pero es un modelo caduco, y el movimiento sindical y las poblaciones mineras deberían plantearse que es pan para hoy y hambre para mañana. Ante el problema con los recursos naturales y la quiebra de las posibilidades de continuidad del actual metabolismo socioeconómico, hay que levantar la cabeza y reconceptualizar. Si no, el sistema será irreconvertible, porque ¡hasta para pasar a un sistema de energías renovables necesitamos usar las energías fósiles!

En cuanto al trabajo de cuidados, en la conceptualización del trabajo se hizo una disección social, una vivisección en la que el trabajo remunerado está separado del resto del mundo de la vida, por lo que las tensiones y los problemas entre el mundo del trabajo y de la vida no se pueden resolver. El movimiento sindical debe levantar la vista, ampliar la noción del trabajo y trabajar con otros movimientos sociales. El modelo de empleo remunerado no se soluciona desde ahí dentro sino con un cambio total en el modelo social, económico, político y de relaciones. Hablamos de huelgas: la huelga laboral es imprescindible pero hay gran cantidad de gente que no puede hacerla.

Hay que pensar en huelgas de cuidados, rompedoras pero difíciles, porque ahí incide mucho la diferente valoración y la dimensión moral que se le ha dado al trabajo remunerado y al del hogar: como el trabajo remunerado está desvinculado de la moral, está bien visto que un trabajador haga huelga pero es inmoral que una cuidadora deje de cuidar a un anciano y se vaya a manifestar. Pero hay fórmulas para materializar el problema del sostenimiento de la vida humana: en Madrid, en la última huelga general, una gente puso una manta delante del Ministerio de Educación y la llenó de bebés con una pancarta que decía ‘No mamaremos vuestra crisis’. Hay que hacer huelgas de consumo, salidas masivas a la calle, ocupaciones masivas del espacio público, construir un movimiento aglutinador.

Entrevista publicada a http://www.pikaramagazine.com/?p=8142

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